
Quien lee el libro de Job por primera vez suele detenerse en una escena que descoloca. En la corte de Dios, entre los ángeles, aparece Satanás, pide permiso para poner a prueba a un hombre justo, y Dios se lo concede. Uno esperaría encontrarlo lejos, encadenado en algún lugar de fuego. La Biblia lo sienta ahí, en medio de una conversación con Dios.
Esa incomodidad es el punto de partida de este episodio de Demonios, el expediente oculto. Diego conversa con el padre Dempsey Rosales, sacerdote venezolano radicado en Estados Unidos, director del Instituto de Estudios Pastorales de la Universidad Loyola de Chicago y especialista en idiomas bíblicos.
La pregunta que guía la charla es cómo los dioses de los pueblos vecinos de Israel terminaron siendo llamados demonios. El padre la responde con siglos de historia, con palabras en hebreo y griego antiguo, y con una advertencia que hace antes de decir el primer nombre.
Antes de empezar: cuidado con los nombres
Lo primero que pide el padre Dempsey es que los nombres que va a mencionar no se repitan a la ligera.
«Cada vez que pronunciamos hay una cierta invocación. Muchas veces no tenemos idea del poder que tiene el pronunciar las palabras, sobre todo palabras muy antiguas en el idioma original.»
Cómo los dioses de las naciones se volvieron “demonios”
Según el padre, se trata de un proceso largo. Para entenderlo hay que irse al segundo milenio antes de Cristo, a la Mesopotamia de los sumerios, acadios, asirios, babilonios y, más tarde, persas. Sus panteones tenían cientos de deidades, y varias eran consideradas entidades neutrales, capaces de hacer el bien o el mal.
Israel, un pueblo nómada, se encontró con todas esas culturas. Poco a poco fue asumiendo la experiencia de Yahvé, Adonai, como el único Dios o como el Dios más poderoso. El padre insiste en esa distinción porque marca toda la historia.
Monolatría: el gran sufrimiento de Israel
Durante mucho tiempo Israel vivió en lo que la teología llama monolatría o henoteísmo:
Monolatría o henoteísmo: se adora a un solo Dios, de preferencia al principal, pero sin negar que los otros existen. Y uno puede cambiar de dios con el tiempo.
Politeísmo: se adoran muchos dioses al mismo nivel y al mismo tiempo.
Por eso, explica el padre, una de las grandes características de Israel es su infidelidad: adoraba a Adonai por una temporada y luego se desviaba hacia otros dioses.
Cuando empieza la tradición oral y escrita de la Escritura, los profetas y autores sagrados hacen un trabajo teológico enorme. Acomodan ese mundo sobrenatural complejo y politeísta dentro de un sistema monoteísta donde el poder absoluto es de Adonai. Las entidades de otros pueblos no desaparecen, pero quedan como criaturas subordinadas a Yahvé, que es su creador y las controla. Algunas deidades antiguas aparecen en la Escritura como monstruos marinos que existían antes de la creación y que ahora son, en palabras del padre, «las mascotas de Yahvé».
Shedim: el día que el griego dijo “daimonia”
Un ejemplo es la palabra shedim (plural de shedu). En la religión acadia, asiria y babilónica, desde el tercer milenio antes de Cristo, el shedu era una figura con cuerpo de león o de toro alado y cabeza humana. Funcionaba como divinidad protectora, algo parecido a un ángel guardián.
Hacia el siglo III antes de Cristo, en Alejandría, los judíos de habla griega ya no entendían el hebreo antiguo y pidieron una traducción de la Escritura. Así nace la Septuaginta, la versión de los Setenta, que traduce shedim como daimonia. En griego antiguo, un daimonion podía ser neutral y actuar a favor o en contra.
Diego le pregunta si los judíos de entonces entendían esa palabra en sentido neutral. El padre responde que no: para ellos ya era una entidad maligna, contraria a la voluntad de Adonai, porque esas figuras eran las que seducían al pueblo para que se olvidara de Dios. Por eso los Salmos, Isaías, Ezequiel y Jeremías denuncian las libaciones y sacrificios ofrecidos a los shedim, y anuncian condenas en el desierto junto a figuras como los seirim y Lilith.
El dualismo que aparece cerca del tiempo de Jesús
Más adelante, en el periodo intertestamentario, llegan las influencias del zoroastrismo persa y del neoplatonismo. Se instala la idea de una dualidad cósmica entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad. El padre la ubica en grupos como los esenios y en el vocabulario del Evangelio de Juan, sus cartas y el Apocalipsis.
Ahí estas entidades se redefinen como antagonistas plenas de Jesús y del Padre. Y por eso nos sorprende tanto la escena de Job: en la corte de Yahvé, que los judíos llaman Sod Adonai, están los bene elohim, los hijos de Dios, y entre ellos aparece Ha-Satán, que pide permiso. Será hasta el Nuevo Testamento cuando ese Satán se identifique con Belzebul, el príncipe de los demonios que actúa contra el Reino de Dios.
Baal, el “señor” que sedujo a Israel
Baal significa «señor» en cananeo antiguo y ugarítico. Era uno de los dioses principales del panteón cananeo, hijo de El, la palabra semítica más antigua para nombrar al dios primero. Vivía en las nubes, controlaba el relámpago y el ciclo de la fertilidad, y era el guerrero que luchaba contra el caos. En tierras desérticas, era quien traía el agua.
Su consorte era Astarté, muy presente en Jueces y en los profetas. ¿Por qué era tan atractivo su culto? Porque incluía ritos sexuales, prostitución sagrada y sacrificios. Frente a eso, el yahvismo puro era austero: sin imágenes, con un sacerdocio aarónico y levítico muy estructurado. De ahí la expresión bíblica de que Israel «se dejó seducir» por Baal y Astarté.
Las tablillas de Ugarit le dan a Baal más de cien títulos: auriga del viento, el que controla las nubes, el que manda el relámpago, señor de las alturas, el altísimo. El padre señala que muchos de esos títulos aparecen después en los Salmos, aplicados a Yahvé. Israel tomó vocabulario de culturas más antiguas, que ya escribían antes que él, para construir su propia teología.
De Baal Zebul al “señor de las moscas”
Zebul significa en ugarítico templo o morada altísima, de modo que Baal Zebul sería «el señor de la morada altísima» o «el señor del templo». Los profetas, para burlarse de ese culto, cambiaron zebul por zebub, que en hebreo quiere decir moscas: «el señor de las moscas», de lo que se pudre en la basura.
Ese vocabulario siguió vivo hasta el tiempo de Jesús. El padre subraya un detalle: es Jesús, en el Evangelio de Mateo, quien identifica a Satán con Belzebul. En el Antiguo Testamento esa conexión no existe.
Satán, el acusador
Ha-Satán significa el acusador, el que habla en contra. Diabolos es una traducción griega posterior y quiere decir el que separa, el que rompe la unidad, el que parte en dos. Mateo y Lucas, dice el padre, juegan con ambos términos.
Otro dios que el Antiguo Testamento presenta como maligno es Tamuz, dios babilónico de la fertilidad y la primavera. Moría cada verano, se celebraba su entierro y se esperaba que resurgiera en el siguiente ciclo. Esta devoción se hizo popular en Israel durante la monarquía. Josías tuvo que destruir sus templos, y los profetas criticaban los funerales públicos que se hacían en Jerusalén cuando morían las flores.
El Sheol todavía no era el infierno
En la teología bíblica antigua no existía la idea de un infierno gobernado por el diablo. Lo más cercano era el Sheol, una existencia de sombras, sin emociones, casi una no existencia. Por eso era tan importante tener hijos: era la forma de que continuaran la sangre y el nombre. La resurrección tardó siglos en ser aceptada.
Las imágenes de fuego y condenación en la Gehenna llegan con Jesús, aunque el padre aclara que el mundo judío intertestamentario ya había empezado a hablar, con el libro de Enoc y otros apócrifos, de ángeles creados por Dios que se rebelaron y se dedicaron a destruir su plan de salvación.
«No es algo que ya estaba establecido desde el comienzo. Por eso encontramos tanta dificultad al leer el Antiguo Testamento: hay tradiciones muy antiguas escritas por autores distintos en periodos históricos diversos.»
Azazel: el macho cabrío que regresa al desierto
Azazel aparece en Levítico 16, en el ritual de Yom Kipur. El sacerdote toma dos machos cabríos, uno para Adonai y otro para Azazel. Durante siglos se ha discutido por qué Israel tendría que ofrecerle algo a Azazel.
La lectura del padre: el animal enviado a Azazel no es un sacrificio. Es el contenedor de todo lo malo y caótico, que se envía al lugar donde pertenece, lejos del campamento sagrado donde está la tienda de Yahvé. «Es como mandar al infierno lo que viene del infierno», resume.
El desierto como lugar del caos
Esa idea viene de Mesopotamia. Entre el Tigris y el Éufrates, el agua era vida, bendición y fertilidad, y el desierto era destrucción. Por eso se hablaba de los utukku, siete demonios devastadores que vivían en la aridez. «Siete demonios. Suena familiar», comenta el padre. Esas descripciones ya existían en el segundo y tercer milenio antes de Cristo.
Las lecturas de un nombre
Los rabinos y el Talmud ofrecieron varias interpretaciones de Azazel:
Una entidad que habita en la cima de un lugar alto del desierto, junto a un precipicio por donde cae el animal.
Ez (cabra) y azal (alejarse): «la cabra que se aleja».
Azaz (poderoso) y El (nombre antiguo de las divinidades semíticas): «El es poderoso».
Azazel en el libro de Enoc
El primer libro de Enoc, un apócrifo que no forma parte de la Biblia hebrea, desarrolla la figura. En los capítulos 2 al 11, aproximadamente, Azazel es un ángel creado por Dios que se rebela y lidera a los irin, los vigilantes. Estos bajan a la tierra, se unen con mujeres humanas y engendran a los nefilim. Azazel enseña a fabricar armas y a hacer la guerra, y los ángeles de Dios lo atan en el desierto, donde queda su prisión.
En las interpretaciones judías antiguas, Azazel ya es una entidad sobrenatural con voluntad propia que actúa a conciencia contra Dios. Más tarde, en el mundo cristiano, se le identificó con Belzebul.
Tobías, Daniel y los ritos apotropaicos
Diego confiesa que dos pasajes siempre lo dejan sorprendido por lo específicos que son: el demonio expulsado en el libro de Tobías y la muerte del dragón en el libro de Daniel.
El padre ubica ambos libros en un periodo tardío, entre los siglos III y II antes de Cristo, ya en tiempos del Segundo Templo y del imperio persa. Eso explica sus influencias.
Asmodeo
Asmodeo tiene origen persa. Viene de una entidad llamada Aeshma-daeva, que en griego pasó a Asmodaios. Era un dios de la ira que destruye. Algunos autores hebreos relacionan su nombre con la destrucción que nace de los celos.
Lo que ocurre en Tobías, aclara el padre, no es un exorcismo en sentido católico, que es algo muy específico. Es un rito apotropaico, del griego apotrepo: un rito para que una entidad dañina se asuste y se aleje. Como no hay posesión, no se le puede llamar exorcismo. Asmodeo era sensible al olfato. El olor intenso de las entrañas del pez, junto con la acción del arcángel Rafael, lo ahuyenta.
«No es una fórmula matemática que se aplica a todos. Hay listas antiguas de ritos apotropaicos para cada entidad maligna, dependiendo de cuál fuera.»
El dragón de Babilonia
Con el relato de Bel y el dragón pasa algo parecido. El padre nota que, si fuera un espíritu, no debería comer. En los escritos acadios, el Leviatán era una serpiente acuática, a veces descrita como dragón de varias cabezas.
Muchos ritos apotropaicos pasaron a la tradición judeocristiana, algunos convertidos en bendiciones u oraciones. El padre menciona el ojo contra el mal de ojo, la mano de la bendición que sigue presente en el mundo hebreo y las gárgolas de las catedrales, figuras monstruosas puestas para espantar a los espíritus malos.
También menciona a Lilith, Lilitu en acadio, a la que se asociaba con otra deidad, Lamashtu: una diosa que destruía bebés y atacaba a mujeres embarazadas, que vivía del caos y actuaba de noche. Contra ella se usaban amuletos y figuras.
El dragón del Apocalipsis
Diego pregunta si el dragón de Daniel tiene relación con el del Apocalipsis. El padre explica que el Apocalipsis está lleno de alusiones al Antiguo Testamento y las conecta con la teología cristiana que estaba naciendo.
El Leviatán aparece en textos como los Salmos como una criatura que Dios hizo y con la que juega en las profundidades. Fuera de la Biblia, en el mundo babilónico del segundo milenio antes de Cristo, se describe como un dragón marino, a veces con siete cabezas. Si se juntan esas imágenes, se entiende el dragón de Apocalipsis 12 y 13: tiene las características del antiguo Leviatán, pero ahora es una entidad personal, con voluntad y premeditación, que quiere destruir el plan de Dios.
Tu corazón es una casa con puertas
Diego plantea la pregunta que seguramente se hace quien escucha: si el poder de Dios sobre los demonios es absoluto, ¿dónde queda el ser humano y su libertad?
El padre responde con la parábola del hombre fuerte del Evangelio de Mateo, el que custodia su casa hasta que llega uno más fuerte y se la quita. San Juan Crisóstomo la aplicó a la vida del cristiano. Muchas veces confiamos en nuestra seguridad moral, en hacer el bien o el mal según nuestra voluntad, y descuidamos el espacio interior. Por ahí entran fuerzas contrarias a Dios, de manera sutil, casi nunca evidente.
«Lo más peligroso son esas conquistas sutiles que se van dando de manera progresiva, de poquito a poquito, porque son inconscientes. Llega un momento en que nos damos cuenta de que dentro de mí no hay espacio para Dios.»
Para Crisóstomo, y también para San Cipriano de Cartago, cada corazón es un campo de batalla. Cuando se llega a esa catástrofe espiritual, hace falta una metanoia, un cambio radical de todo el mundo interior.
El padre lo compara con el veneno: si alguien toma una dosis fuerte, reacciona de inmediato y sabe que es una emergencia. Si toma gotitas durante semanas, meses o años, no se da cuenta hasta que la enfermedad ya no tiene cura.
Y añade otra imagen. Nadie deja la puerta de su casa abierta sin saber quién va a entrar, y aun así a veces invitamos a personas que creíamos buenas y años después descubrimos que no lo eran. En lo espiritual, dejar puertas abiertas de forma psicológica, visual o espiritual deja pasar cosas buenas, pero también ambiguas y negativas.
¿Pronunciar un nombre puede abrir una puerta?
Al final, Diego retoma la advertencia del inicio. El padre responde que sí. Los ritos antiguos, milenios antes de Cristo, empezaban siempre con invocaciones, y la invocación oficial requería pronunciar el nombre. Por eso los judíos no pronuncian el nombre de Dios: hacerlo implica que algo tiene que pasar.
Lo mismo vale para otras entidades. El padre menciona a quienes juegan con la ouija o imitan exorcismos después de ver películas.
«Una entidad espiritual, de cualquier naturaleza que sea, existe independientemente de si yo creo o no.»
Cuenta que hay casos registrados en diócesis y crónicas históricas de personas que empezaron a decir cosas por juego y terminaron con una presencia que se quedó con ellas.
Para llevarte a la oración
Diego insiste en lo que repite en cada episodio: esta información se presenta con fuentes para que cada quien saque sus conclusiones. Se puede creer o no. Lo que no se puede es quedarse indiferente.
La recomendación final del padre Dempsey va en otra dirección de la que uno esperaría en un podcast sobre demonios:
«En vez de concentrarnos en la presencia del mal, debemos concentrarnos más en la presencia del bien. Aunque sea sutil, es mucho más poderoso, mucho más significativo y hace la diferencia.»
El mal que describe el padre entra a gotas y sin hacer ruido. El bien, dice él, funciona igual de discreto. Esta semana puedes hacerte una pregunta concreta: ¿qué estoy dejando entrar a mi casa interior, y qué cosas buenas, aunque sean pequeñas, le estoy abriendo la puerta a Dios para que habite ahí?
En el episodio, el padre Dempsey Rosales explica estas figuras con la pronunciación en hebreo y griego antiguo, y responde con calma las preguntas que aquí apenas resumimos. Escúchalo completo en audio o video en Demonios, el expediente oculto, el podcast de Juan Diego Network.
En la descripción del episodio encontrarás la guía de recursos para seguir profundizando. Si te sirvió, compártelo con alguien que tenga estas mismas preguntas y sigue a Juan Diego Network en redes sociales para no perderte los próximos episodios.
