
Pocas preguntas desafían más la fe del creyente que el dolor inocente. Al enfrentar la tragedia, como el diagnóstico de cáncer de un hijo, la mente se quiebra y exige una respuesta al "Dios de la vida". Sin embargo, la fe nos ofrece una distinción crucial que transforma la perspectiva: la diferencia entre Expectativa y Esperanza.
Expectativa es un anhelo humano, basado en la probabilidad y la lógica (espero ganarme la lotería; espero que mi hijo sobreviva a la enfermedad). Puede ser buena, pero no es la base de nuestra paz.
Esperanza es la confianza ciega de que, a pesar de las circunstancias y las estadísticas, todo va a estar bien. Es una Virtud Teologal que viene de Dios, no de nosotros. Como discípulos, nuestra esperanza no está fundada en un evento (la sanación), sino en una Persona: Jesucristo.
La Inevitabilidad de la Cruz
Fray Sergio Serrano, en una reflexión bíblica, decía una verdad que golpea: cuando la gente me pregunta por qué me pasa esto a mí, yo les digo: "¿Por qué no te pasaría a ti? Le pasa a todos." La protección de Dios sí se da en lo físico y en las bendiciones, pero no nos exime de las situaciones que Él, en Su misteriosa providencia, permite.
El Papa Francisco, cuando le preguntaban por qué sufren los niños, apuntaba a la Cruz. El Hijo de Dios, el niño de Dios, también sufrió. Si a Él no se le pudo perdonar o prevenir ese sufrimiento, si a María Santísima, la Madre de Jesús, no se le privó ver a Su Hijo morir, ¿cómo se nos pudiera privar eso a nosotros?
El sufrimiento es, entonces, una parte inseparable del discipulado, pero es también el motor de la Redención.
El Componente Místico Redentor
La fe nos enseña que el sufrimiento tiene una dimensión redentora en la economía de la salvación. Cuando el dolor se une al sufrimiento de Cristo, actúa como un componente místico que nos excede y que está pactando una salvación para nosotros. No estamos hablando de masoquismo, sino de abrazar la cruz por amor a Jesucristo.
Santa Teresa de Ávila lo sintetiza: "Si la cruz es amada, es suave de llevar." Abrazar la cruz no significa inacción, sino tener la fe y la esperanza de que Dios puede sacar algo muy bueno de todo y cualquier sufrimiento.
Para cultivar esta virtud teologal es necesario:
Oración Constante: Pedirle a Dios que nos dé esta confianza ciega si no la tenemos.
Visión de Eternidad: Recordar que nuestra meta es el Cielo y que el sufrimiento actual es temporal.
Agradecimiento: Ver las bendiciones (el privilegio) en medio de la prueba. El agradecimiento le da la vuelta a la hoja y nos saca del pobre de mí.
La esperanza es el ancla de nuestra alma (Hebreos 6:19). Es lo que permite que una paz que predomina se instale en el corazón, aun en el hospital, aun en la noche más oscura. Nuestra fe se purifica en el fuego de la prueba y el discipulado se vuelve real.
Este análisis surge de una profunda reflexión compartida por Luis Diego Carranza en su podcast Discípulos: Reparando las Redes, donde narra su experiencia de fe ante la enfermedad de su hijo.


