
En estos días vas a ver más de un disfraz de diablo con cuernos y trinche, y más de un dibujo, ilustración o pelicula donde el infierno es una cueva en llamas. Es la imagen que casi todos aprendimos de niños, y como pasa con tantas cosas de la infancia, casi nadie se detuvo a revisarla de grande.
En el quinto episodio del podcast católico El más allá de la realidad. Un viaje al mundo espiritual, Rubén se mete con dos temas que salen mucho en estas fechas: la reencarnación y el infierno. Lo hace por una razón muy humana. Su abuela sigue grave, y a él le gustaría creer que, si muere, podría volver a vivir otra vida en este mundo.
¿Reencarnar? morir una sola vez
La idea se la dio alguien en la escuela, y se entiende que le guste, porque suena a consuelo. San Ireneo no se burla de él. Le dice que entiende que busque paz y esperanza, pero que su fe cristiana ya le ofrece un camino mejor.
El primer argumento sale del relato del rico y Lázaro. Después de morir, el rico reconoce a Lázaro, y de ahí se entiende que las almas no pasan de cuerpo en cuerpo: conservan su identidad y recuerdan lo que hicieron o dejaron de hacer en vida. El segundo es todavía más directo y está en la Carta a los Hebreos: «El destino de los hombres es que mueran una sola vez» (Heb 9,27).
En el episodio lo explican sin vueltas. Reencarnar significaría volver a otro cuerpo, y a otro, y morir una y otra vez. Para el cristiano se muere una sola vez, y después viene el juicio.
Ireneo no deja a Rubén con las manos vacías. Le comparte un texto de los primeros siglos cristianos que habla de la resurrección con una imagen del campo: el sembrador lanza la semilla, que cae seca y desnuda, se descompone en la tierra y luego, por la providencia del Señor, vuelve a la vida y da fruto.
"Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios".
Texto citado por San Ireneo en el episodio
Para quien va a llevar flores a una tumba este 2 de noviembre, es una imagen que vale la pena guardar.
El infierno, sin cola, ni cuernos
Lo que de verdad le quita el sueño a Rubén es otra cosa. Cree que de las tres opciones que hay después de morir, dos son castigos, y que con una puerta tan estrecha lo más probable es que nos vaya mal.
San Juan Pablo II le responde con paciencia. Antes de entrar al tema le hace notar algo que nos pasa a muchos: nos quedamos con lo que aprendimos de niños y nunca maduramos esa formación. Cuando eso pasa llegan las dudas que nos alejan de la fe, porque lo que creemos ya no le habla a nuestra vida de adultos. (De paso, Rubén descubre el apodo con el que le decían a Karol Wojtyła en su casa).
Luego empieza por la libertad. Amar es una decisión. Puedes decirle mil veces a alguien que lo amas, pero si no lo respetas ni lo cuidas, esas palabras están vacías. Con Dios pasa igual. Jesús enseñó que lo que hacemos por quien tiene hambre o necesita ropa se lo hacemos a Él, y lo que dejamos de hacer también.
Por eso, en el juicio no se cuentan las obras buenas. Todo se basa en cuánto amaste. Puedes regalar todo tu dinero, pero si lo haces por fama o por poder, de nada te sirve.
Rubén insiste: si Dios es amor y su misericordia es infinita, ¿cómo puede permitir que alguien se condene? La respuesta vuelve a ser la libertad. Dios nunca obliga a nadie. Cualquier persona puede evitar la condenación con un arrepentimiento sincero antes de morir, pero a quien no quiere recibir su perdón, Dios le respeta la decisión y le da la separación que eligió. Juan Pablo II lo describe con una imagen difícil de olvidar: es como si alguien se pusiera unas cadenas con candado y se tragara la llave.
¿Y el fuego que no se apaga, el llanto y el rechinar de dientes? La Biblia usa muchas veces lenguaje simbólico, y esas imágenes intentan explicar en qué consiste la condenación. El infierno, más que un lugar, es la situación de quien decidió libremente alejarse de Dios, un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Él. Su sufrimiento principal es la separación eterna del único que llena el corazón humano, y con ella la pérdida de todo bien. No es un castigo que Dios inflija desde fuera: es la última consecuencia del pecado, que se vuelve contra quien lo cometió.
San Juan Crisóstomo, que también aparece en el episodio, le da la vuelta a la pregunta:
"No debemos preguntarnos dónde está el infierno, sino cómo vamos a escapar de él".
San Juan Crisóstomo
Lejos de asustarse más, Rubén termina aliviado. Saber todo esto le parece mejor que ignorarlo, igual que una enfermedad terminal, que duele, pero da tiempo para prepararse. Juan Pablo II le da la razón y añade algo que cambia el tono de toda la plática: conocemos al juez de nuestro juicio. Es Jesús, y prácticamente nos dio las respuestas del examen antes de presentarlo.
"En esta vida no hay de qué preocuparse, sino mucho de qué ocuparse".
San Juan Pablo II, en el episodio
Entre Halloween y Día de Muertos, deja que los disfraces de diablo se queden en disfraces. La pregunta que sí vale llevarte es la de Jesús en el Evangelio: ¿quién cerca de ti tiene hambre, frío o necesita que lo atiendas esta semana?
Al final del episodio, Rubén deja una imagen para la siguiente noche: un escultor que llega a la cena de gala de su propia obra con la ropa llena de yeso y pintura, y se da cuenta solo. Con esa escena empieza a explicar el purgatorio. El episodio dura unos 15 minutos.
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El más allá de la realidad. Un viaje al mundo espiritual · Episodio 5
