
Vivimos en la era de la personalización extrema. Desde el algoritmo que elige qué música debemos escuchar, hasta la capacidad de armar nuestra propia dieta o rutina de ejercicio. "Hazlo tú mismo" y "a tu manera" son los mantras de nuestra generación. Esta mentalidad, inevitablemente, ha permeado nuestra relación con lo trascendente, popularizando un eslogan que parece muy atractivo pero que esconde una trampa peligrosa: "Jesús sí, Iglesia no".
Muchos jóvenes hoy se sienten atraídos por la figura de Cristo: un hombre disruptivo, un dechado de virtudes, un modelo de amor y coherencia. Pero, al mismo tiempo, sienten un rechazo visceral hacia la Iglesia, marcada por escándalos, fallas humanas y una estructura que parece estorbar. Sin embargo, como bien analiza el Padre Mario Arroyo en el podcast Teología para Millennials, pretender a Cristo prescindiendo de la Iglesia es, paradójicamente, lo menos fiel que podemos ser a las propias intenciones de Jesús.
El diseño de Dios: No eres un "Llanero Solitario"
¿Por qué el Señor quiere que necesitemos de una Iglesia? ¿No sería más fácil, más práctico, que la relación fuera directamente "Él y yo" en la intimidad de mi alma? Es una pregunta válida que el Padre Mario aborda con realismo: "Dios podía haber elegido mil maneras de salvarnos. ¿Por qué eligió esta? ¿Por qué quiere formar una Iglesia?".
La respuesta es una bofetada a nuestro ego: para curarnos de la soberbia. En un mundo que nos empuja a ser autosuficientes, la Iglesia nos obliga a ser humildes. Como señala el Padre Mario: "Es para que nadie tenga nunca el orgullo de decir: yo me salvé solo. Yo solito encontré a Dios, yo solito conquisté a Dios, no le debo nada a nadie".
La fe cristiana no es un deporte individual; es una carrera de relevos donde necesitamos que alguien más nos pase la antorcha. Nadie se da la fe a sí mismo.
El caso de San Pablo: La necesidad de un "otro"
Incluso en los encuentros más directos y sobrenaturales con Dios, Jesús respeta la mediación humana. El Padre Mario nos recuerda el ejemplo de San Pablo. Cristo se le apareció en el camino a Damasco de una forma espectacular, pero no le dio todas las respuestas ahí mismo. En cambio, lo envió con Ananías —un hombre común— para que lo bautizara.
"¿Podría haberlo hecho Cristo directamente? Por supuesto que sí", afirma el Padre Mario, "pero quiso que Pablo estuviera en una situación de precariedad, necesitando de Ananías... quiso que otros intervinieran en el nacimiento de la fe de Pablo". Si el gran Apóstol de los gentiles necesitó de la Iglesia, ¿quiénes somos nosotros para decir que no la necesitamos?
La Iglesia: Un hospital, no un museo
Uno de los mayores obstáculos para los millennials es el "dañado prestigio moral" de la Iglesia. Vemos los escándalos y nos alejamos. Pero aquí es donde entra la distinción fundamental que el Padre Mario subraya: la Iglesia es Santa por su Fundador y por los medios que nos dejó (los sacramentos), pero está "necesitada de purificación" porque sus miembros somos pecadores.
"La Iglesia no es un ente moral abstracto, no son los edificios. La Iglesia somos todos los bautizados y todos somos pecadores", explica el Padre. Si esperas a que la Iglesia sea perfecta para formar parte de ella, nunca entrarás, y si entraras, dejaría de ser perfecta en ese instante.
¿De qué me sirve a mí?
Al final, la pertenencia a la Iglesia no es una cuestión de "prestigio", sino de necesidad vital. El Padre Mario lo comparte desde su propia vulnerabilidad: "A mí me viene muy bien formar parte de la Iglesia porque la necesito. Me viene muy bien confesarme y que me perdonen los pecados... me viene muy bien recibir diariamente el Cuerpo de Cristo. No me sobra, al contrario, la necesito porque soy débil".
La Iglesia nos ofrece certezas que el mundo no puede dar:
La paz de saber: "Esto ya me lo perdonó Dios".
La fuerza de la Eucaristía cuando nos sentimos sin energía.
El consuelo de una Madre, la Virgen, cuando estamos desalentados.
Conclusión: Unidos somos fuertes
Recordando una idea de San Josemaría Escrivá, el Padre Mario nos dice que solos somos frágiles como naipes, pero cuando nos apoyamos unos en otros, formamos una estructura sólida. "Cada quien solo es muy frágil, pero unidos nos sostenemos, nos animamos, nos consolamos, nos ayudamos a levantarnos".
La próxima vez que sientas que la Iglesia "te sobra", pregúntate si no es tu orgullo el que está hablando. Quizás, lo que hoy ves como una carga, sea en realidad el salvavidas que Dios diseñó para que no te ahogues en tu propia autosuficiencia.
Este artículo está basado en las reflexiones del Padre Mario Arroyo en el podcast Teología para Millennials, una producción de Juan Diego Network. Puedes escuchar el episodio completo en Spotify, Apple Podcasts o en tu plataforma favorita.
