
¿Qué pasaría si hoy los seres humanos pudieran ser vendidos en mercados? ¿O si la mayoría de nosotros tuviéramos que trabajar 16 horas diarias sin derecho a vacaciones? ¿Y si a las mujeres se les prohibiera votar o tener propiedades?
Estas preguntas, que hoy nos parecen distópicas, describen una realidad no tan lejana. La única razón por la que no vivimos en ese mundo es porque, en cada etapa de la historia, hubo personas que se levantaron y dijeron “basta”.
El podcast “La Vida Pende de un Hilo” nos invita a un poderoso ejercicio de imaginación histórica para entender la importancia de las luchas del presente. Al situar la batalla de los defensores ambientales de hoy en la misma línea histórica que la lucha por la abolición de la esclavitud, los derechos laborales o el sufragio femenino, revela una verdad fundamental: la defensa del medio ambiente es la nueva frontera en la larga marcha por la dignidad humana.
Pensemos en los abolicionistas de los siglos XVIII y XIX. Se enfrentaron a un sistema económico global que dependía de la cosificación de seres humanos. Quienes se beneficiaban de la esclavitud argumentaban que era el orden natural de las cosas, que era económicamente necesario. Los abolicionistas fueron ridiculizados, perseguidos y atacados por desafiar esa “verdad” establecida. Hoy, consideramos sus acciones heroicas y fundacionales para nuestra concepción de libertad.
Ahora, escuchemos el conflicto actual. De un lado, comunidades que dicen: “no destruyan una reserva ecológica, no contaminen los ríos que nosotros y los animales usamos para tomar agua, no nos envenenen”. Del otro, corporaciones y políticos que, movidos por el “insaciable deseo de siempre tener más”, argumentan que la explotación de los recursos es necesaria para el desarrollo económico.
La estructura del conflicto es asombrosamente similar. Los defensores de la tierra, como los abolicionistas, son estigmatizados y llamados criminales por oponerse a un modelo económico que genera enormes ganancias para unos pocos a costa del sufrimiento de muchos.
Consideremos también la lucha por los derechos laborales. La jornada de ocho horas, el derecho a un salario digno o a la seguridad en el trabajo no fueron regalos. Fueron conquistas de trabajadores y trabajadoras que se organizaron, hicieron huelgas y a menudo se enfrentaron a una represión brutal. Su lucha por la dignidad en el lugar de trabajo sentó las bases de nuestros derechos actuales.
De la misma manera, los líderes campesinos e indígenas que hoy luchan por su derecho a sembrar, cosechar y mantener sus formas ancestrales de vida, están defendiendo un derecho fundamental al trabajo y a la existencia digna frente a un modelo que busca despojarlos.
Incluso la lucha por los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios resuena en el ecofeminismo y en la defensa indígena del territorio. Durante siglos, las mujeres fueron consideradas ciudadanas de segunda clase, sin derecho a decidir sobre su cuerpo o sus propiedades.
En muchos de nuestros países, hasta mediados del siglo XX, las personas de pueblos originarios no podían tener títulos legales de sus propias tierras ancestrales. La lucha actual, donde la mayoría de los líderes asesinados son indígenas y donde las mujeres toman un rol cada vez más protagónico, es una continuación directa de esa batalla por el reconocimiento y la autonomía.
El mundo en que vivimos está lejos de ser perfecto. Pero cada derecho del que gozamos es el legado de alguien que luchó. Hoy, los defensores del medio ambiente no solo protegen árboles y ríos; protegen el derecho fundamental a la vida, a la salud y a un futuro sostenible para toda la humanidad. Son los abolicionistas, los sindicalistas y las sufragistas de nuestro tiempo.
Imaginar qué mundo tendríamos si ellos dejaran de luchar es aterrador. Reconocer su lucha como una extensión de las más nobles batallas de la historia es el primer paso para unirnos a ellos.
