Parece que nos ha tocado vivir en una época diseñada para el pesimismo. Entre la resaca de una pospandemia que no termina de irse, conflictos internacionales que amenazan con escalar a niveles nucleares y una corrupción endémica que parece frenar el futuro de nuestras democracias en Latinoamérica, es fácil caer en la tentación de pensar que Dios se ha olvidado del mundo.
Miramos al cielo y, ante el ruido de las crisis o el silencio de nuestras propias batallas personales, nos preguntamos: ¿Acaso Cristo vino, vio que no teníamos remedio y se marchó?
Sin embargo, lo que proclamamos en la Iglesia durante estos 50 días de Pascua es radicalmente distinto. No se nos pide que cerremos los ojos a la tragedia, sino que los abramos más que nunca para descubrir lo que el Padre Mario Arroyo define como una "Realidad Aumentada".
Más que la "alegría del animal sano"
A veces confundimos la alegría cristiana con un estado de ánimo superficial. Pensamos que estar alegres es simplemente no tener problemas, haber comido bien y tener los pendientes del trabajo al día. El Padre Mario es muy claro al respecto:
"No es una alegría simplona, no es la alegría del animal sano, del que comió bien, durmió bien y ya no tiene mayor problema... es una alegría mucho más profunda, a prueba de desgracias y de contradicciones".
La Pascua no es un "vibe" pasajero de domingo. Es una certeza sobrenatural. Si tu alegría depende de que todo en el mundo marche perfecto, entonces nunca estarás alegre. La alegría de la Resurrección es "a prueba de todo" porque no ignora la realidad, sino que la ve completa.
El síndrome de los horizontes estrechos
En el Evangelio, los discípulos de Emaús caminaban tristes, sintiendo que sus sueños se habían ido a la basura. ¿Su error? Tener un horizonte demasiado estrecho. Ellos esperaban a un Mesías político que los librara de los romanos. Punto. Su visión era puramente humana y, por tanto, limitada.
A nosotros nos pasa lo mismo. A menudo medimos nuestra fe en términos utilitarios: ¿Qué gano con ir a misa? ¿Me van a pagar por comulgar? ¿Se van a solucionar mis problemas económicos si rezo un rosario? Cuando reducimos a Dios a un resolvedor de problemas técnicos, nuestra fe se vuelve pequeña. Los discípulos de Emaús pensaban que la Cruz era el fracaso, cuando en realidad era el paso necesario para la gloria. Jesús tuvo que hablarles con claridad: "¡Oh tardos y necios para entender!". Él no vino a quitarnos a los "romanos" de turno; vino a abrirnos las puertas del cielo y a liberarnos del pecado.
La fe como Realidad Aumentada
Hoy en día está de moda la tecnología de "Realidad Aumentada" (AR), donde a través de una pantalla ves el mundo real pero con información adicional que otros no ven. La fe funciona exactamente igual.
"La fe no es un cuento chino para tranquilizar nuestras conciencias, no es una historia buena para exhortarnos a ser buenos, pero que no es real. Es tan real como nuestras vidas", afirma el Padre Mario.
Tener fe no es inventarse un mundo de fantasía para escapar de las noticias de la guerra o la violencia. Es ver la misma guerra, la misma enfermedad y la misma crisis, pero con una capa de información superior: Cristo vive, Cristo interviene y Dios no ha abandonado la historia.
Jesús se hace el encontradizo
Lo más tierno de los relatos de la Resurrección es ver cómo Jesús sale a buscar a los suyos. Busca a María Magdalena para consolar su llanto y retribuir su cariño. Pero, sobre todo, busca a los de Emaús, que ya habían "tirado la toalla" y se iban en dirección contraria.
Cristo no espera a que seamos perfectos o a que tengamos una fe inquebrantable para aparecerse. Él se mete en nuestras conversaciones de camino, en nuestras dudas y en nuestro cansancio para hacernos arder el corazón nuevamente con su Palabra.
Un cambio de actitud
Vivir la Pascua es cambiar la resignación por la esperanza. Dios no es un espectador lejano que nos dejó a nuestra suerte. Como nos recuerda el Padre Mario Arroyo, la resurrección es un hecho real y concreto que dota de sentido nuestra existencia.
Este tiempo de Pascua (que dura incluso más que la Cuaresma, ¡50 días!) es una invitación a vivir con optimismo, no porque seamos ingenuos, sino porque sabemos quién tiene la última palabra.
