La Santa que desafió a un emperador: Santa Hildelgarda de Bingen

Pocas cosas resultan tan incómodas como deberle un favor a alguien poderoso. En México y en toda nuestra cultura hispana conocemos muy bien esa trampa invisible del compadrazgo: si un familiar con influencias te consigue trabajo, si el jefe te echa la mano con un apuro o si un conocido con dinero patrocina tu proyecto, de inmediato se activa un pacto tácito de silencio.

Sentimos que perdimos el derecho a discrepar, que no podemos señalar lo que está chueco y que, por pura conveniencia disfrazada de educación, toca agachar la cabeza y asentir. "Ni modo, hay que llevar la fiesta en paz, al fin que me ayudó".

Por eso, asomarse a la vida de Santa Hildegarda de Bingen justo ahora, cuando estamos a punto de celebrar su fiesta el 17 de septiembre, se siente correcto conocer esta parte de su historia. Su figura suele asociarse a imágenes muy pacíficas: la monja que recolectaba hierbas en el huerto, la compositora de musica muy sacra y serena o la mística que recibía visiones rodeada de veladoras.

Pero esa estampa piadosa está incompleta sin su fuego profético. Para quienes la hemos ido conociendo a través de las conversaciones de Adriana en el podcast Tras los pasos de Santa Hildegarda, producido por Juan Diego Network (JDN), hemos descubierto poco a poco a una mujer de una sola pieza, libre de ataduras y dueña de una valentía que desarma.

Y si hablamos de valentía todo esto comienza con un protagonista: Federico I Barbarroja, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. No era una figura lejana ni un personaje de cuento; era el hombre más armado y temido de Europa. Y con Hildegarda tuvo un gesto decisivo: en los años más difíciles, cuando ella buscaba fundar de manera independiente su monasterio en Rupertsberg contra viento y marea, Barbarroja intervino a su favor. Les dio tierras, respaldo material y una cédula de protección imperial que garantizó que nadie molestara a las monjas. En términos terrenales, Hildegarda le "debía" la estabilidad de su convento.

Cualquiera en su lugar habría elegido la prudencia de los cobardes. Cuando el emperador, cegado por el orgullo dinástico, decidió desconocer al Papa legítimo, nombrar antipapas a su antojo y desatar un cisma que partió a la cristiandad en dos, lo sensato según el mundo era voltear hacia otro lado para no ponerte de "su lado malo", Hildegarda pudo refugiarse en sus rezos, cuidar sus remedios de espelta y agradecer en silencio los favores imperiales.

No lo hizo. Tomó la pluma y le mandó una carta sin intermediarios ni adornos cortesanos:

"Oh rey poderoso, escucha lo que te dice la humilde sierva del Señor. No seas un tirano y no causes un cisma en la iglesia, porque esto solo traerá desgracia sobre ti y sobre tu imperio. Dios te ha dado el poder para gobernar, pero también te juzgará por cómo usas ese poder. Recuerda que tu poder terrenal es efímero y que debes gobernar con justicia y piedad. No desafíes a la iglesia de Cristo, porque al hacerlo desafías al mismo Dios".

La escena impacta, solo imagina: una monja de salud frágil confrontando al monarca de la espada de hierro. No le pedía perdón por la molestia ni matizaba el reproche. Le recordaba que el poder terrenal no es un cheque en blanco, sino una encomienda de la que tendrá que rendir cuentas al Creador. Y cuando Barbarroja persistió en su empeño, Hildegarda redobló la advertencia: le escribió que sus días de gloria serían cortos si no rectificaba el rumbo, porque la mano de Dios no tolera a quienes pisotean las cosas santas para inflar su soberbia. Para ella, la gratitud por el bien recibido era real, pero jamás podía convertirse en complicidad con el error. Su lealtad no estaba en venta porque pertenecía por entero a Cristo.

Esa misma libertad de espíritu la acompañó cuando le tocó mirar hacia adentro de la Iglesia. Le dolía profundamente la molicie de los pastores que se acomodaban en sus rentas eclesiásticas mientras el pueblo de Dios andaba a la deriva. A los obispos y sacerdotes distraídos en banquetes y envueltos en la política les escribió con el tono ardiente de los profetas del Antiguo Testamento:

"¡Oh vosotros, pastores insensatos! ¿Cómo descuidáis la enseñanza de la verdadera doctrina y permitís que las ovejas de Cristo vaguen hacia el peligro? Os reprendo en el nombre del Espíritu Santo, pues habéis sido llamados a ser pastores, no lobos".

No hablaba desde el hígado ni con el afán destructivo de quien busca destruir la institución. Quien de verdad ama a la Iglesia sufre con sus heridas y no teme llamar a las cosas por su nombre para sanarla.

Por esos mismos años, el descontento de la gente con los malos clérigos provocó que muchos cayeran en la trampa de los cátaros o albigenses. Se presentaban como "los puros", con un estilo de vida austero, vegetarianismo estricto y un pacifismo que a primera vista deslumbraba. Sin embargo, detrás de esa fachada de piedad escondían una doctrina destructiva: enseñaban que el mundo material, el cuerpo humano y las relaciones conyugales eran obras del demonio. Para ellos, concebir un hijo era aprisionar un alma pura en una cárcel de carne inmunda, por lo que repudiaban el matrimonio y los sacramentos tradicionales.

Hildegarda no se dejó deslumbrar por ese rigorismo de escaparate. Defendió con pasión la bondad de la creación salida de las manos de Dios:

"Cuidado con aquellos que predican una fe falsa y dividen el cuerpo de Cristo. No sigan a aquellos que bajo un disfraz de piedad niegan los sacramentos y rechazan la creación como obra buena de Dios. Estos son lobos disfrazados de ovejas y deben ser rechazados para preservar la integridad de la fe".

Para nuestra santa del Rin, la fe católica no consiste en despreciar la tierra ni en tenerle asco a la carne humana. Al contrario: Dios creó el mundo y vio que «era muy bueno», el Verbo se encarnó en el vientre de María y toda la naturaleza palpita con esa fuerza viva a la que ella llamaba viriditas. La santidad no está en huir del cuerpo, sino en llenarlo del Espíritu y vivir con rectitud en medio de la realidad concreta.

Con esa misma hondura miró a las mujeres de su época. En un tiempo donde con frecuencia se utilizaba la figura de Eva para mirar a la mujer con recelo o condenarla a un papel secundario, Hildegarda alzó la voz para recordarles su verdadera genealogía espiritual:

"Son hijas de Eva, pero también son hijas de María, la madre de Dios, y están llamadas a cosas grandes... Mujer, conoce tu dignidad, pues en ti reside la sabiduría y el poder de la vida. No te menosprecies ni te consideres inferior, pues Dios te ha creado con la capacidad de llevar la vida y de nutrir el alma. Levántate y vive de acuerdo con esta verdad y serás una luz en medio de la oscuridad".

Qué necesarias siguen siendo estas palabras. En una sociedad que tantas veces desgasta a las mujeres entre exigencias profesionales asfixiantes, culpas viejas o desdenes cotidianos, el mensaje de Hildegarda llega como un abrazo firme: tu valor no depende de la aprobación ajena ni de los aplausos del mundo; en tu alma reside una capacidad única para engendrar vida, custodiar la ternura y sostener a los que están rotos, en mi opinión muy parecido al mensaje de San Juan Pablo II en su carta a las mujeres.

Celebrar a Santa Hildegarda en estos días que preceden a su fiesta no puede limitarse a admirar un cuadro en un retablo, o solo recordarla por ciertas cosas. Es una invitación a hacernos preguntas honestas:

  • ¿Dónde nos estamos callando por comodidad?

  • ¿En qué pláticas familiares, laborales o parroquiales nos estamos prestando al chisme o al partidismo que divide, solo por no quedar mal con los demás?

  • ¿En qué momento cambiamos la rectitud por la conveniencia?

Recorrer la vida de esta doctora deIglesia ya sea a través de sus libros o en este caso el podcast de Juan Diego Network "Tras los Pasos de Santa Hildelgarda", es redescubrir que el Evangelio no es un sedante para almas temerosas. Es la fuerza que nos permite caminar con la frente en alto, agradecer con el corazón abierto y, cuando la justicia lo exige, hablar con la verdad sin que nos tiemble la voz.

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