
Hay una señal inconfundible que manda el cuerpo cuando uno lleva semanas, meses o años tragándose lo que sabe que tiene que decir. Empieza como un nudo en la boca del estómago, sigue con una pesadez en los hombros que ningún masaje quita y, si uno insiste en hacerse de la vista gorda termina sentándolo a uno en una cama sin poder dar un paso.
A los cuarenta y tres años, Hildegarda de Bingen estaba convencida de que su mejor opción era pasar desapercibida. Vivía como monja enclaustrada en un rincón del valle del Rin, y el siglo XII no era precisamente un terreno fértil para que una mujer opinara sobre teología, denunciara corruptelas de la Iglesia o explicara cómo funciona la botánica y el cuerpo humano. Callar parecía lo prudente, lo seguro, lo sensato.
El problema fue que el silencio casi la mata.
Literalmente. Una parálisis implacable la dejó postrada en su celda, consumida por fiebres altísimas y con un dolor que ningún médico lograba descifrar. La orden interior que llevaba posponiendo desde niña era muy clara: "Escribe y di lo que ves".
Hildegarda se resistía por puro pánico al qué dirán. Solo cuando venció el miedo, pidió tinta, pluma y empezó a dictarle a alguien las visiones que guardaba en el pecho, la vida le volvió a entrar a los pulmones. El cuerpo, que se había cerrado como un candado ante la cobardía, se puso de pie en cuanto ella decidió obedecer.
La jugada maestra frente al hombre más temido de Europa
Ponerse a escribir era apenas el inicio del problema. En cuanto los primeros borradores de su libro Scivias comenzaron a circular, en los pasillos de la abadía se encendieron las alarmas. Los clérigos locales empezaron a torcer el gesto: que si estaba loca, que si eran delirios de monja, que si había que someterla a juicio.
Hildegarda, cansada del murmullo pusilánime de los pasillos, decidió jugarse el todo por el todo. Le escribió una carta directamente a Bernardo de Claraval.
Para quien no tenga fresco el mapa del siglo XII, Bernardo no era cualquier sacerdote piadoso: era la lumbrera indiscutible de la cristiandad, un polemista implacable que poco antes había destrozado en un debate público a Pedro Abelardo, el filósofo más afilado de las escuelas de París. En el convento le rogaron que no lo hiciera: "No le mandes nada a Bernardo, acuérdate de cómo dejó a Abelardo, te va a hacer pedazos".
Pero Hildegarda no fue a debatir ni a presumir erudición. Le escribió con la franqueza desarmante de quien no tiene nada que inflar: se presentó como una mujer frágil, sin estudios de retórica, que simplemente recibía una luz que no era suya y que necesitaba saber si debía seguir adelante o guardar silencio para siempre. Bernardo, acostumbrado a intelectuales soberbios que buscaban medirse con él, reconoció de inmediato la autenticidad del testimonio. No solo le dio el visto bueno: llevó el caso ante el papa Eugenio III en el sínodo de Tréveris.
Allí, frente a una asamblea de cardenales y obispos atónitos, el Papa leyó en voz alta los escritos de Hildegarda y emitió una autorización formal para que siguiera redactando y divulgando su obra. En un mundo donde a las mujeres se les negaba sistemáticamente la palabra pública, una monja alemana se convertía en la primera en publicar con bendición papal.
De la celda al lodo: la guerra por la independencia
Cualquiera pensaría que con la firma del Papa en la mano el camino quedaba despejado. Ocurrió justo lo contrario. Cuando la fama de Hildegarda se disparó, comenzaron los verdaderos dolores de cabeza terrenales: el dinero y el control.
En aquella época, las familias nobles entregaban a sus hijas a los monasterios acompañadas de cuantiosas dotes: cofres de plata, viñedos, tierras de cultivo y rentas permanentes. La abadía masculina de Disibodenberg, donde Hildegarda residía en celdas anexas, se había vuelto próspera en buena medida gracias a las dotes de las monjas y al flujo interminable de peregrinos que llegaban buscando los ungüentos, las hierbas medicinales y las oraciones de la abadesa.
Cuando Hildegarda anunció que Dios le pedía independizarse, sacar a sus hermanas de allí y fundar un monasterio propio en la colina de Rupertsberg, el abad Kuno se negó en redondo. No era celo espiritual; era un simple cálculo de pérdidas. Dejar ir a Hildegarda significaba perder ingresos cuantiosos y quedarse sin la figura que atraía donaciones y prestigio.
La respuesta de Hildegarda no fue armar un pleito. Otra vez, su cuerpo reaccionó con una parálisis fulminante: cayó en cama tan rígida y pesada que varios monjes no lograban ni moverla para cambiarle las sábanas. El abad, aterrorizado ante la idea de que la monja más famosa del imperio muriera bajo su techo provocando un escándalo mayúsculo, terminó firmando la autorización de salida y la partición de bienes. En cuanto el pergamino estuvo sellado, Hildegarda se levantó, reunió a su comunidad y partió.
Lo que encontraron en Rupertsberg distaba mucho de ser un palacio. Era un terreno baldío, azotado por el viento helado del río. Y aquí viene una estampa humana formidable: aquellas novicias, hijas de condes y barones que jamás en su vida habían lavado un plato ni remendado una manga, se vieron de pronto metidas en el barro hasta los tobillos, cargando piedras, mezclando cal y levantando muros junto a constructores cistercienses.
Aparecieron las quejas, las uñas rotas y los reclamos amargos: "Nosotras no entramos al convento para trabajar de albañiles". Pero Hildegarda no dio un paso atrás. Para ella, la oración que no sabe ensuciarse las manos se vuelve soberbia de salón. El lodo en las sandalias fue la mejor medicina contra los humos aristocráticos.
La salud no es sufrir: flores en la cabeza y caballos a los ochenta
Si algo desconcierta de Hildegarda es su alergia a la religiosidad lúgubre. Mientras buena parte de la espiritualidad medieval insistía en flagelarse, vestir lanas ásperas y hacer ayunos tan brutales que arruinaban el estómago, ella defendía que el cuerpo es el taller del alma y que maltratarlo es una ofensa al Creador.
Hablaba de la viriditas, esa fuerza verde y vivificante que Dios puso en las plantas, en la tierra y en las arterias humanas. Creaba bálsamos para la piel, recetaba vino con hierbas para levantar el ánimo de los deprimidos, recomendaba la espelta como el cereal más noble para la digestión y fue la primera autora en Europa en describir la fisiología del placer y el afecto conyugal sin una pizca de morbo ni culpas vergonzantes.
Y en los días de fiesta litúrgica mandaba al diablo las caras largas. Les ordenaba a sus monjas que se quitaran los velos negros de penitencia, se soltaran los cabellos sobre los hombros, vistieran túnicas blancas y se ciñeran guirnaldas de flores frescas para cantar las más de setenta obras musicales que ella misma compuso. Decía que la fe no podía vivirse con cara de velorio perpetuo cuando se estaba celebrando la vida.
Esa misma mujer, ya con más de ochenta años encima y las articulaciones gastadas por la artrosis, no se quedó tejiendo junto al fuego de la chimenea. Se subió a un caballo y recorrió caminos lodosos para plantarse en las plazas públicas y en las catedrales de Colonia, Tréveris y Maguncia. Predicó al aire libre frente a hombres, clérigos y nobles; denunció la corrupción de los obispos que esquilmaban a sus fieles y le mandó cartas de advertencia al mismísimo emperador Federico Barbarroja, avisándole que ningún trono terrenal dura para siempre si se construye sobre la soberbia.
Hildegarda de Bingen nos deja una lección que no tiene fecha de caducidad. Nos recuerda que la santidad de verdad no consiste en flotar a medio metro del suelo ni en esconder los talentos por miedo a incomodar a los que mandan. La santidad consiste en poner los pies en la tierra, mancharse las manos de barro cuando hace falta levantar algo nuevo, y tener el coraje de decir la verdad, aunque las rodillas tiemblen y el camino cueste arriba.
¿Quieres conocer más de su vida? ¡Escucha el podcast 'Tras los Pasos de Santa Hildelgarda de Bingen'!
