
Hoy el mundo calla. Las iglesias están despojadas, los altares desnudos y las campanas guardan silencio. No es un silencio vacío; es el silencio de quien contempla el sacrificio más grande de la historia. El Evangelio de hoy (Juan 18, 1 – 19, 42) nos pone frente a la Cruz, no como un espectáculo de dolor, sino como la declaración de amor más radical que el ser humano ha recibido jamás.
La paradoja de la Cruz
Para muchos, la Cruz es un símbolo de fracaso. Un hombre bueno que terminó mal. Pero para nosotros, la Cruz es el "trono" de la Misericordia. Jesús no murió porque no tuvo otra opción; murió porque decidió no soltarnos la mano.
En la Cruz, Dios se hace solidario con cada sufrimiento humano.
Si hoy sientes soledad, recuerda que Él gritó: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Si hoy sientes sed de justicia o de paz, recuerda Su: "Tengo sed".
Si hoy sientes que tus fuerzas se acaban, recuerda Su: "Todo está cumplido".
Él no nos mira desde lejos; Él bajó hasta el fondo de nuestras heridas para que ninguna de ellas se quedara sin luz.
"Mujer, ahí tienes a tu hijo"
Incluso en medio del dolor físico más extremo, Jesús sigue siendo el estratega del cuidado. Al pie de la Cruz nos regala a María. Nos dice que no somos huérfanos, que tenemos una Madre que sabe lo que es ver romperse las esperanzas y, aun así, permanecer de pie.
En este Viernes Santo, te invitamos a buscar refugio en ese abrazo. Deja que María te sostenga mientras contemplas al Hijo.
La Victoria del "Desperdicio"
A los ojos de la lógica del mundo (la misma de Judas que mencionábamos el miércoles), la vida de Jesús en la Cruz parece un desperdicio. Pero en la lógica de Dios, dar la vida es la única forma de encontrarla.
Hoy no celebramos un funeral. Adoramos el madero de la Cruz porque de él brota la vida. Al besar la Cruz hoy (o al tocarla en tu corazón), no estás besando un objeto de tortura, estás besando la mano de Dios que te rescató del abismo.
Un silencio que prepara la luz
El Viernes Santo termina con un sepulcro prestado y una piedra sellada. Parece que el mal ha ganado. Pero nosotros sabemos el final de la historia. Este silencio es necesario para que el grito de la Resurrección tenga sentido.
Hoy, quédate ahí. No corras. No trates de saltarte el dolor. Deja que el amor de Cristo te toque, te sane y te asegure que, pase lo que pase en tu vida, Él ya venció por ti.
